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21 de octubre de 2007

NO SIEMPRE SABÍA SI LLOVERÍA O NO



Angelina tenía la convicción de que algún día pudiera llegar al trabajo sin barro en los zapatos, todos los días caminaba un kilómetro para coger la cochambrosa camioneta que le llevaba al centro. A veces se llevaba unos zapatos en una bolsa para cambiarse cuando bajara de él, pero no siempre se acordaba, porque no siempre sabía si llovería o no. El barrio se embarraba, y era difícil caminar sin tener ese barro en los pies, y la señora de la casa a donde iba a limpiar siempre le echaba en cara que de dónde vendría con tanto barro, que para limpiar la casa así, que para eso, mejor no viniera, por eso a veces Angelina trabajó de interna, así también evitaba que en las noches de otoño, la tristeza de la llegada del frío la embargara y deseaba no llegar a casa, porque posiblemente ya estuviera su padre dándole alguna retahíla de palos a la madre, tras una larga tarde de vino en botellín. Angelina como otras chicas de barrio marginal de los años 60 en Madrid, de esa clase obrera que tanto luchó por el asfaltado de sus calles y por la llegada de la luz, y del agua corriente, llegó a la capital siendo muy niña, convirtiéndose en una segunda generación de inmigrantes que tuvieron que luchar por abrirse un hueco entre las desidias de la ciudad y sus encantos.

12 de julio de 2007

No supe qué decir...



Cuentan que hay un roble en la comarca de Carballeda, justo después de Rioconejos, llamado el roble de Campillongo, donde antaño la gente pasaba los días de siega descansando; para mí ese lugar siempre tendrá algo de mágico, porque allí pasamos una tarde durante nuestro viaje a conocer tus orígenes, donde por fin conocimos aquel lugar entre Campos de Castilla y tierras Gallegas, donde los niños son rapaces, y donde en la veiga cada víspera del 15 de agosto se hace la “fiesta en el río”.

El día que la conocí estaba sentado en el salón de actos del insti con la Yeye criticando a la gente que iba a compartir con nosotros la clase de 1º A, era la presentación del primer día de clase, y recuerdo que lo que más me impresionó fueron sus ojos, esa mirada única que algunos achacan a su inigualable mezcla, mitad sanabresa, mitad andina, pero hasta la tarde de ese día no me atreví a decirle nada, como dice la Yeye “chica, no supe qué decir”

Los días fueron pasando y compartimos tiempos, amores, rencores, ilusiones…

Vive con los pies en la tierra, le decía, vive más allá de tu imaginación, me decía…

Gracias por compartir estos casi 4 años encaminando rumbos…
Gracias por acariciarme el cuello en los Cercanías de toda la ciudad…
Gracias por compartir mis amores y soportar mis desalientos…
Gracias por levantarte cada mañana con una sonrisa pase lo que pase.

Cuando ya sólo tú vivas en Parla Este, espero que nos permitas la entrada...