A veces nos quejamos de los correos electrónicos que nos envían algunos amigos, con montajes donde nos dicen lo que nos quieren, con corazoncitos y osos amorosos, quejas a veces en silencio y que no somos capaces de decirle a ese querido amigo: "¡¡¡no me envíes más corazoncitos!!!"
Luego están los vídeos de youtube graciosos, que bueno, si bien no son de gran calidad, sí que te hacen dibujar alguna sonrisilla un lunes por la mañana antes de ir al trabajo. Yo los agradezco, porque en estas gélidas mañanas parleñas uno se siente reconfortado
Pero hay veces que alguien te sorprende con cosas más que preciosas. Hace unas semanas decidí abrirme una carpeta en el correo donde colocar aquellos correos electrónicos con adjuntos que a mí me encantan. Este es uno de ellos.
Qué idea más bonita la de unir la voz de Enrique Morente, la música de Lagartija Nick e imágenes de la vida de Federico García Lorca.
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18 de diciembre de 2010
27 de febrero de 2010
MIS GAVIOTAS
Hubo miles de mensajes, mensajes para conocerse, mensajes para insinuarse, para descubrirse, o para presentarse. Fueron mensajes que bomberaron más deprisa el corazón, de emoción y de desazón. Eran mensajes, algunos fríos, otros subidos de tono, o que hacían de la imaginación una realidad.
Te conoci hace un tiempo, tus ojos mostraban una fría ternura, un pasado efímero, sin recuerdos, que limaron tus convicciones, y te formaron dentro de tus enormes contradicciones. Tuviste que sortear el vivir en dos mundos, entre dos esferas, que se enfrentaban porque nunca quisieron conocerse, porque nunca pudieron encontrarse, y dudo de que algún día se encuentren.
Un día aprendí a volar, ójala un día tú también aprendas a volar...
31 de enero de 2010
DÍAS DE INVIERNO CÁLIDO
Al atravesar la puerta de aquel café-bar, delimitado en sus bordes por pequeñas palmeras de origen colonial, colocadas en grandes macetas blancas, una sensación de ilimitado espacio le envolvía. Al fondo, escondida por algunas columnas decoradas en pintura blanca, siempre la encontraba acomodada, con mirada triste pero a la espera de que algún día se acercara alguien a invitarla a una copa o a un café.
Llevaba un mes acudiendo al lugar, cuestiones laborales le habían hecho viajar a aquella ciudad triste pero llena de rincones de pequeñas sorpresas, y comenzó a ser un habitual. Tomaba asiento invitado por el aliento acomodador de su penumbra envuelta en humo. Ante la tristeza de aquellos ojos inamovibles, nunca al viento de la puerta abierta en días de ventisca, muchas noches mientras fumaba su último pitillo antes de dormir en la cama de aquel hotel situado dos calles abajo, pensaba en cómo podía entrar a aquella mujer que estaba haciendo estragos en su imaginación.
Una tarde antes de haber tomado la decisión, cuando entró, el alma bajó lentamente hacia sus pies, y advirtió la sonrisa de aquella mujer acompañada de una esbelta espalda.
Al volver a su ciudad nunca olvidaría cómo aquella repentina historia que surtió en su imaginación durante esos días de invierno cálido en el café-bar, se desvanecieron en tres tristes segundos, los que tardó en salir del lugar para no volver nunca más.
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